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Capítulo 1: La sorpresa

 

 

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1) LA SORPRESA

Me llamo Andréu Malfiat y por supuesto no soy rico.
Soy desconfiado e incrédulo por naturaleza y por supuesto, y haciendo gala de estos dos importantes rasgos de mi personalidad, no creí ni una sola palabra de lo que mi amigo Javier Martos (primera persona que visitó al rico Roberto Santa Rita en su “loft” de San Juan de Luz) me contó con respecto a la historia de cómo cambiar de vida para hacerse rico en tiempo y dinero, como parece que le gusta recalcar a él).
De todos modos, y a pesar de todo, he de reconocer que desde que me contó toda su experiencia tengo un mantra que no hace más que martillearme el cerebro: ¿Y si fuera todo cierto y posible?
Lo del clavo que me machaca la cabeza no termina ahí: hace tres noches, era un miércoles, me desperté sobre las dos y media de la madrugada con un sudor frío y recordando, palabra por palabra, todo lo que Javier me había contado sobre su estancia en casa del rico.
Tras toda la noche sin pegar ojo y a una que me pareció prudencial (ocho de la mañana), decidí llamar a Javier:
-Te voy a pedir un favor –le dije a bocajarro.
-¿Qué hora es Andréu? –me preguntó con cierto tono molesto.
-Temprano, muy temprano.
-Tienen razón los que dicen que donde hay confianza da asco pero adelante, dime.
-Quiero que llames a Roberto Santa Rita e intentes conseguir que nos reciba –dijo Andréu imaginando la cara que estaría poniendo Javier al oír su petición, sobre todo teniendo en cuenta lo que había criticado y puesto en tela de juicio todo lo que le había contado acerca de su primera estancia.
Javier con un tono gélido en su voz, contestó: -No.
-¿No lo vas a hacer?
-Haré algo mejor.
-¿Qué?
-Te hago una proposición ahora mismo: mañana, viernes, a primera hora cogemos el coche y nos vamos a pasar el fin de semana a San Sebastián, conozco un hotel muy coqueto y el sábado temprano le llamaremos para pedirle la cita. ¿Qué te parece?
-No se enfadará si le llamamos temprano.
-No hay problema, se levanta siempre muy pronto.
Siempre cuenta que Aristóteles Onassis, el ya fallecido multimillonario armador griego, decía que para ser rico había que observar dos cuestiones imprescindibles, y una de ellas era levantarse temprano e imagino que Roberto sigue su ejemplo.
-Y, ¿cuál era la segunda?
-Se la preguntas a Roberto cuando le conozcas.
-No será mejor llamarle antes para hacer el viaje yendo sobre seguro -le dijo un “conservador” Andréu.
-Si me pides el favor, obviamente sin saber el riesgo que corres si Roberto acepta, tendrás que demostrar que estás realmente interesado y dispuesto a arriesgar.
-¡Joder!, de acuerdo pero, ¿por qué dices que no sé el riesgo que asumo si acepta?
-Ya irás conociendo a Don Roberto. No le llames nunca así que no le gusta nada.

Y dicho y hecho, el viernes por la mañana Javier vino a recogerme a mi casa y salimos de Barcelona rumbo a San Sebastián: primero tomamos la autopista en dirección a Zaragoza, luego a Pamplona y por la autovía de Leizarán llegamos a la majestuosa bahía de la Concha, donde se encontraba ubicado el hotel donde nos íbamos a hospedar y donde precisamente me encuentro en estos momentos desayunando unos magníficos cruasanes.

-¿Estás listo? –preguntó Javier a Andréu justo antes de pulsar la tecla de envío que haría que el mensaje llegase al teléfono privado de Roberto y que representaba el inicio de la petición formal de una cita.
-¡Pulsa ese maldito botón de una vez! –le conminó Andréu.

Javier Martos, con un revoltijo de sensaciones que le recorrían el cuerpo, así lo hizo (eran las ocho en punto de la mañana): por una parte ansiedad; por saber que haría Roberto ante la recepción del mensaje que acababa de enviar y por otra de placer; confiando en que la respuesta fuese afirmativa y así tener de nuevo la oportunidad de visitar, el “loft” con suelos acristalados e impresionantes vistas al mar y, sobre todo, el “portaviones” (lugar desde dónde Roberto Santa Rita desarrollaba la actividad, especular en el mercado de futuros del Mini SP 500 de Chicago, que le había llevado a estar en la situación en que se encontraba en el presente) y así, aprovechando la recién despertada curiosidad de su incrédulo amigo, poder seguir avanzando en el plan hacia su objetivo.

-Tendremos que esperar –dijo Javier una vez hubo enviado el mensaje.
-Esperemos entonces –contestó el incrédulo, sin demasiadas, esperanzas, convencido de haber desperdiciado el viaje.

Andreu Malfiat quería a toda costa conocer a Roberto para poder hacerle todas las preguntas, una detrás de otra, que le asaltaron la otra noche y conocer de una vez por todas si era posible que alguien hubiese conseguido lo que él siempre había ansiado (ser rico y tener todo el tiempo que desease para hacer aquellas actividades que le apeteciesen).
Quizás era esto lo que más le molestaba del personaje: al no haberlo conseguido hasta la fecha, no podía creer que alguien lo hubiese logrado. Reconoció su envidia.
Pero aún reconociéndolo no estaba dispuesto a salir de allí, si Roberto accedía a recibirles, sin todas las respuestas a las preguntas que llevaba concienzudamente preparadas.
Quería que fuese cierto pero no tenía mucha confianza:
-Él era un incrédulo.
De todos modos se había prometido algo a sí mismo:
-Si Roberto Santa Rita contestaba a las preguntas y lograba convencerle, él, Andréu Malfiat, uno de los mayores incrédulos sobre la faz de la tierra, comenzaría el camino al día siguiente.

Son las ocho y tres minutos de la mañana de un viernes cualquiera, estoy en la playa, jadeando, acabo de terminar mi carrera diaria y estoy esperando que me bajen las pulsaciones.
Camino descalzo por la orilla con el agua hasta los tobillos, no hay nadie, todo está en silencio, el murmullo de las olas es lo único que oigo, realmente impresionante.
A ambos lados, todo es bello: a la derecha el mar en calma, cosa rara por estos pagos, el sol saliendo majestuoso por el horizonte y a la izquierda como a unos cien metros, más bella si cabe, veo a Carmen que está en casa regando una de las plantas que se ha empeñado en comprar para dar vida a nuestro hogar.
Siempre he dicho que hubo dos cosas que en su momento me cambiaron la vida pero realmente fueron tres: Bruce Springsteen, los futuros y…Carmen.
En cuanto se estabilice mi pulso, estiraré los músculos de las piernas y volveré a casa donde con toda seguridad me espera un mollete con tomate y aceite, de un pueblito de la provincia de Badajoz (tenemos un amigo que tiene una almazara de dónde sale el mejor zumo de aceituna que he probado en mi vida).
¿Hay mejor manera de empezar el día?

Al entrar en casa, besó a Carmen y digo:
-Cariño, me ducho y desayunamos.
-¡Perfecto! He traído prensa española.
-¡Bien!
-Por cierto: mientras estabas fuera ha sonado tu teléfono móvil francés, imagino que será un mensaje.

Roberto tenía dos teléfonos: uno español que, conocido por bastantes personas, no había dejado de sonar en el último año y otro francés conocido por muy pocos.

Tras la ducha, se puso unos pantalones de lino color crema y una desgastada camiseta de color negro de un concierto del “Boss”, conmemorativa del concierto de Madrid de 1988 en el Estadio Vicente Calderón, que había corrido repetidas veces el riesgo de acabar en la basura por la acción de Carmen que decía que ya sólo servía para trapos de cocina con lo que Roberto no estaba para nada de acuerdo: era una de sus favoritas y le tenía especial cariño.
Mientras se sentaba a la mesa pulsó las teclas de su teléfono para saber quién le había enviado un mensaje a su teléfono privado a esa hora tan intempestivas para el común de los mortales.
-“Llámame cuando puedas. Javier Martos” –rezaba el mensaje.
-No podía ser otro –murmuró Roberto.
-¿Quién es cariño?
-Mi alumno preferido que se sigue tomando al pie de la letra los compromisos por mí adquiridos.

Hacía exactamente un año, Roberto le había dicho que le encantaría hablar con él una vez hubiese transcurrido ese tiempo para comprobar sus progresos y prestarle su ayuda, en caso de que lo necesitase, con la idea de trazar el plan para conseguir su objetivo.

-Tendrás que llamarle, ¿no? –dijo Carmen.
-En cuanto termine de desayunar y de leer la prensa, lo haré.

Y dicho y hecho: cuando hubo terminado de leer la prensa y tras estar hablando con Carmen sobre dónde cenarían esa noche (todos los sábados lo hacían en algún lugar diferente de la provincia de Guipúzcoa), Roberto tecleó el número de Javier Martos protegiendo la llamada para que su pupilo no supiese de dónde provenía.
Eran las 9 de la mañana.

-Si, dígame –contesto Javier con aire distraído.
-Buenos días, Roberto al habla.
-¡Qué alegría maestro!
-¿A qué debo tan grato honor?
-Me imagino que no se te habrá olvidado la oferta de hace un año, ¿verdad?
-Claro que no, lo recuerdo perfectamente.
-¡Bien!, pero el motivo de mi llamada no es ese.
-¡Ah!, ¿no?
-Quiero pedirte un favor.
-Dispara.
-Tengo un amigo al que le conté nuestro fin de semana y me gustaría que te conociese –soltó de sopetón Javier imaginando la cara que estaría poniendo Roberto.
-Sigue.
-Sólo quisiera que nos recibieses durante unas horas para que le explicases…-dijo el alumno dejando la última palabra flotando en el aire.
-¿Otra vez todo? –interrumpió Roberto.
-No. Mi amigo es un poco desconfiado y no cree en casi nada, no cree siquiera que existas.
-Esto promete, puede ser divertido.
-¿Eso es un sí?
-Es un sí. ¿Dónde estás? –dijo Roberto distraídamente.
-En San Sebastián.
-¿Qué? –contestó el maestro sorprendido.
-Y estoy con mi amigo.
-¡No me lo puedo creer!
-Tú me enseñaste que hay que arriesgar en la vida si se quiere ganar, ¿no?
-Cierto pero…
-Llamé a mi amigo y le dije que nos íbamos de viaje y que, sabiendo tus horarios, te llamaría temprano para ver si nos podías dedicar un poco de tu tiempo…
-Esta vez…has ganado: a las 10.30 en mi casa, ¿recuerdas el camino?
-Por supuesto, allí estaremos.
-Aquí os esperamos.
-Por cierto, ¿a cuántos como yo has recibido este año? –preguntó Javier.
-A unos cuantos –dijo Roberto mientras colgaba el teléfono.

-Carmen, no te lo vas a creer: Javier Martos está en San Sebastián, viene hacía aquí y, no viene solo.
-¿Eso quiere decir que peligra nuestro plan de cena para esta noche? –preguntó Carmen tímidamente.
-De eso nada: pase lo que pase, saldremos puntuales de aquí y a las ocho y media de la tarde en punto estaremos sentados en una mesa de nuestra sidrería favorita en el pueblo de Astigarraga.

Mientras Carmen y Roberto se besaban a escasos dos metros de la puerta de entrada del “portaviones” sonó el timbre de la puerta. No hicieron caso.
El timbre sonó de nuevo y Carmen dijo: -¿Abrimos?
-Creo que debemos.
-Vale pero esta noche no te libres.
-Prometo dejarme –dijo Roberto mientras se dirigía a la puerta de entrada para recibir a sus invitados.

-Te presento a mi amigo Andréu Malfiat que, desde que le conté nuestro fin de semana, está ansioso por conocerte y hacerte alguna que otra pregunta –dijo Javier Martos, nada más Roberto abrió la puerta y en tono jocoso.
-Encantado Roberto –dijo el incrédulo con timidez fingida.
-Lo mismo digo –contestó el anfitrión con una sonrisa de oreja a oreja y apartándose del umbral de la entrada para dejar pasar a Andréu y Javier.
-He venido a comprobar si existe alguien que haya hecho algo que quiero conseguir desde siempre y que, sinceramente, me parece una utopía -fueron las primeras palabras a destiempo del nuevo visitante.
-Tranquilo amigo, hay tiempo para todo –dijo Javier.
-Efectivamente –interrumpió Andréu haciendo caso omiso a las palabras de su amigo -, no digo que no sea posible pero sinceramente me parece una milonga y quisiera que me lo pudieses explicar.
-¡Buf, que mal empezamos! –murmuró Javier.
-No Javier, déjale, es normal que haya mucha gente a la que le cuentes ciertas cosas y no se las crea porque están fuera de su mundo, de su alcance, de su información y conocimiento, o mejor dicho sí están a su alcance lo que ocurre es que nunca se han interesado por averiguar si existe un camino diferente al que hasta la fecha han seguido.
Y después de esta breve introducción, ¿qué propones para saciar tu curiosidad? –preguntó Roberto sin dejar respirar a nadie.
-Como te he dicho, tengo unas preguntas –dijo la visita con suavidad ensayada.
-¿Y qué pretendes con ellas?
-Como me ha dicho Javier que eres una persona de objetivos, hoy me he propuesto comprobar si eres capaz de hacerme conseguir los dos que tengo al venir aquí.
-Veamos cuáles son.
-El primero es que contestes con claridad, sin irte por las ramas, a mis preguntas y tus respuestas me convenzan.
Y el segundo: que me expliques de una vez por todas, porque no lo veo nada claro, cómo lo conseguiste o qué hay que hacer y qué no para acariciar la independencia financiera.
-¡Yo también tengo un objetivo hoy! –saltó Javier casi empastando sus palabras a las de su amigo.
-¡Buf! ¡Cuánto trabajo voy a tener! ¿Cuál es tu objetivo Javier? –preguntó Roberto con tono cansino.
-Saber los pasos concretos que tengo que dar para iniciarme de una vez por todas en el mundo de los futuros y saber así como poner en práctica todo lo que me enseñaste en nuestra primera cita.
-¿Eso es todo?
-Sí –dijeron al alimón Javier y Andréu.
-Muy bien. No os preocupéis, pondré todo de mi parte para intentar contestar convenciendo a Andréu y dar las claves a Javier para que inicie su plan.
-Presiento que va a ser un día memorable –dijo Javier.
-Eso espero –añadió el incrédulo.
-Por mi parte adelante –dijo Roberto.
-¿Estás preparado para empezar? –preguntó Andréu
-Lo estoy, sólo tengo una pregunta; ¿de verdad quieres conocer el cómo? –dijo Roberto mirándole directamente a los ojos.
-Por supuesto –contestó el incrédulo con seguridad.
-Quieres jugar, ¿eh? ¡Vamos a jugar!
-¡Eso, eso! –dijo Javier con tono aniñado.
-Muy bien: me parece excitante la osadía demostrada por Andréu y no esperaba menos de Javier.
Intentaré hacerlo lo mejor posible pero…
-Verás que siempre lo hay – añadió Javier.
-¿Qué es lo que siempre hay? – preguntó Andréu.
-Con Roberto siempre hay un pero.
-¿Puedo proseguir? –preguntó sarcástico el señor de la casa.
-Por favor – dijo Andréu Malfiat.
-Gracias. Quiero poner dos condiciones: primera; lo haremos a mi manera y segunda: quiero dejar una cosa clara, y que conste que no digo que tú seas uno de ellos; no soporto a esos personajes que hablan y/o critican sin tener conocimiento, información ni siquiera argumentos sólidos para defender sus posiciones.
Así que espero que “hilemos fino”.
-Lo intentaré –respondió el incrédulo con aire de suficiencia.
-Normalmente los que suelen enjuiciar u opinar sin saber del tema del que hablan suelen ser unos indocumentados patéticos.
Soy de los que piensa que todo el mundo tiene derecho a opinar, siempre que se sepa de lo que se habla.
Si una persona no sabe de lo que habla creo que no debiera tener derecho a opinar.
Por poner un ejemplo claro y para que no se me subleve la tropa: yo, Roberto Santa Rita NO TENGO NINGUN DERECHO A OPINAR sobre medicina porque no tengo ni idea.
Es decir los que somos incultos en un tema concreto, tendríamos que estar callados, escuchando e intentando aprender, siempre que tengamos interés, de los que saben más que nosotros.
Repito: no digo que tú seas uno de esos pero por si acaso.
-¡Ese es mi chico! – exclamó Javier -. Siempre haciendo amigos.
-El sol sale por el este y algunas cosas son como son, además ya lo dice mi madre, que como te habrá contado Javier es muy dada a refranes: -“Hijo, tú por no dar gusto a Dios entras de culo en la iglesia”.
-Me parece perfecto tu razonamiento y acepto tus condiciones – respondió Andréu.
-Voy a contestar con pragmatismo, dirección y explicando claramente qué hacer ante cada situación pero, si al final “hemos” conseguido contestar a tus preguntas, hablo en primera persona del plural porque vamos a trabajar en equipo, tienes que prometerme una cosa.
-Dime.
-Que iniciarás el camino que tracemos hoy aquí. ¿Te parece razonable?
-Me parece totalmente razonable –contestó Andréu que ya antes de entrar en la casa se lo había prometido a sí mismo.
-¡Ya ha caído en la primera trampa! – pensó Carmen.
-¡Jajaja! –rió Roberto -. De acuerdo entonces, dispara.
-Tengo una sorpresa –dijo el “incrédulo” con solemnidad y dándose perfecta cuenta de que había conseguido captar la atención de todos.
-Tú dirás –dijo Roberto totalmente sorprendido.
-He traído las preguntas en modo de tarjetas que sé que te gustan.
-¡La leche! –exclamó Javier completamente sorprendido.
-Esto va a ser realmente divertido –dijo Roberto entusiasmado.
-Así lo espero –dijo lacónico el incrédulo.
-Os propongo algo: primero oiremos la pregunta de Andréu, la contestaremos y al final de cada capítulo nos haremos la siguiente; ¿qué debo tener en cuenta a partir de ahora?
De este modo servirá de resumen de todo el tema que hayamos tratado. ¿Os parece?
-¡Joder!, muy buena idea –exclamó Javier.
-Vamos entonces con esas tarjetas –ordenó Roberto.

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